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NORTE ARGENTINO 2008
Nuestra incursión al norte argentino no pudo ser más apasionante.
Salimos en dos grupos. Uno, avanzado, integrado por cinco de las Águilas, que fue hasta Río Cuarto a un Encuentro Motociclístico vía Buenos Aires y luego marchó hasta Tucumán. El otro que salió dos días más tarde, que conformábamos solamente dos miembros y que viajó hasta Santa Fé el primer día, vía Paysandú-Colón y luego se reunió con los demás en Tucumán.
Desde allí seguimos todos juntos.
San Miguel de Tucumán es una ciudad de mucha actividad, con un casco histórico muy bonito y muy bien iluminado en la noche. Hasta nos hacía recordar a Bruselas, por ese gusto lumínico que hace lucir construcciones muy nobles e irrepetibles.
Realizamos en paseo muy pintoresco cerca de la ciudad, por la zona del Cadillal. Ello incluyó desde un embalse donde se encuentra instalada una central hidroeléctrica, un área de residencias de descanso, tanto individuales como institucionales y, a los pocos kilómetros, culminó en las alturas, entre las yungas, en un monasterio benedictino rodeado de un paisaje realmente espectacular.
Ya estábamos fascinados con lo visto hasta ese momento, pero no teníamos ni idea de lo que todavía había para ver.
Volvimos avanzada la tarde y recalamos en uno de los muchos restaurantes de buen nivel ubicados en el Parque Centenario 9 de Julio.
Al otro día salimos para Salta, por Tafí del Valle y Cafayate. Como dicen los lugareños, por “camino de cornisa”, o sea sinuoso entre valles y montañas. ¡Realmente indescriptible! Lugares como el Monumento del Indio, Tafí del Valle, El Infiernillo, Museo de la Pachamama en Amaicha del Valle, Ruinas de Quilmes, Cafayate, los Valles Calchaquíes, la Garganta del Diablo, Valle del Lerma, Quebrada de las Conchas e innumerables lugares con paisajes increíbles llenaron nuestros ojos y nos invadieron de sensaciones. Tal vez demasiadas para un día.
Almorzamos tarde en Cafayate y eso hizo que también llegáramos anocheciendo a Salta. Gran movimiento, mucho tránsito y ¡Oh, sorpresa! ¡No encontrábamos hotel!
Por distintas razones este fue uno de los pocos lugares que fuimos a lo que saliera y no reservamos. ¡Gran error! Todos los hoteles céntricos estaban llenos.
De todos modos, sobreponiéndonos a la impaciencia y al cansancio que nos estaban invadiendo y mediante la extraordinaria amabilidad local, que incluyó que un vecino sacara su camioneta para guiarnos por la ciudad, encontramos un lindo hotel. No tan cerca del centro pero tampoco muy alejado. Era sólo por dos noches porque la tercera ya no tenían lugar, pero cuando llegó ese momento, ya más baqueanos, encontramos otro hotel en las cercanías y nos mudamos allí. Pero volvamos a la primera noche. Cenamos temprano y a la cama. Al otro día ya estábamos ansiosos de conocer la ciudad.
Salta es hermosa, así de simple. Una ciudad con personalidad, con dejos históricos y señoriales. Subimos al Cerro San Bernardo, en funicular. Desde la cima, enjardinada y muy cuidada, se aprecia una vista general de toda Salta.
Paseamos por el Parque San Martín, con más de 100 años de vida, y fuimos caminando hasta el centro de la ciudad. Una serie de edificios coloniales y un exquisito cuidado de elaboradas aberturas de madera, atrajeron nuestra atención y el disparo de nuestras cámaras fotográficas.
La Iglesia y Convento de San Francisco, con sus paredes rojas, resalta como una construcción extraordinaria que, en su forma más primitiva data del siglo XVI. Su forma definitiva se dió, después de muchos avatares y dos incendios, en 1881 con un contrato de construcción en que intervino Francisco Righetti.
Seguimos caminando hasta la Plaza Principal, rodeada de edificios históricos, almorzamos en uno de los agradables restaurantes allí ubicados y volvimos caminando al hotel, recorriendo la peatonal de esa hospitalaria ciudad.
En la noche fuimos a una animada peña restaurante, que forma parte de todo un barrio donde existen establecimientos de este tipo.
Al otro día alguno se quedó descansando, pero otros estábamos ansiosos de conocer más al norte y nos fuimos camino de Jujuy.
De las dos rutas, una autopista y otra sinuosa, elegimos la segunda. Pintoresca y muy entretenida, llegamos a San Salvador de Jujuy y nos dirigimos a una oficina de turismo donde nos atendieron de maravillas, dándonos todo tipo de información y mapas. Ubicamos así el Hotel Mirador de la ciudad, donde nos dejaron entrar a sacar fotos y apreciar la vista desde las alturas. Hicimos un breve descanso, un refrigerio y ¡a la ruta otra vez! Fuimos remontando la Quebrada de Humahuaca hasta llegar a Purmamarca y el Cerro de los 7 Colores.
Allí almorzamos y yo quería seguir hasta los salares, pero mis compañeros me frenaron y emprendimos el regreso a Salta.
La vuelta al Uruguay fue por otro camino, ya que tomamos la Ruta 16, por Pampa del Infierno, rumbo a Machagai. Todo iba bien cuando, en los límites de Santiago del Estero, la ruta estaba en reparación y había llovido. ¡No se imaginan el barrizal!
No podíamos zafar por ningún lado así que allá fuimos, con el aliento de que eran así ¡nada más que unos 8 kilómetros! Cuando solamente nos faltaban unos 2 kilómetros comenzaron las caídas, primero fueron dos motos, luego más. Fueron caídas a muy poca velocidad y algunos, por si fuera poco, ¡nos caímos dos veces!
Alguna “nana” menor en las motos y nosotros sin lesiones, ¡pero de barro hasta las uñas! Finalmente llegamos a Machagai y la señora del hotel, cuando vió que a cada paso que dábamos caía un terrón enorme sobre el piso del lobby, se agarraba la cabeza. La gente amabilísima, como en casi todo el camino, nos permitieron lavar las motos, el equipaje y nuestras ropas de viaje.
Al otro día llegamos a Salto, sin novedad. Nos quedamos en las Termas del Daymán y de vuelta a la Capital.
Quedan muchísimas cosas por contar en este apretado resumen, pero déjenme decirles algo. ¡Ese viaje vale la pena! Se los recomendamos. Si es en moto, mucho mejor.
Una mención especial merece Willy (de Willy Motos, claro). Gran conocedor de todo este periplo, fue quién, previamente, con mapas y fotos nos orientó y nos sugirió lugares para visitar. No se equivocó en nada y mucho nos ayudaron sus sugerencias.
Como me dijo la última vez que hablé con él: “¡Voy a tener que poner una Agencia de Viajes!”. Gracias, Willy.
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